La Astronomía en la Antigüedad

… Y así, el Sol, como sentado en un trono real, rige a la familia de planetas que gira a su alrededor.

Nicolás Copérnico, Sobre las órbitas de los cuerpos celestes, capítulo X

La metafísica de Aristóteles dice que todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber y la humanidad es fiel cómplice de ese pensamiento. Desde sus orígenes, el hombre ha tenido curiosidad innata por entender qué es este mundo en el que vive, de dónde viene, qué son esos puntos brillantes que se ven en el cielo o qué es esa roca gigante y flotante que aparece en la noche cuando la bola de fuego se va; estas y otras preguntas fundamentales lo llevaron a saciar su intolerancia a la incertidumbre, a lo desconocido, con la creación de religiones y teorías que intentaban explicar los fenómenos que experimentaban y recientemente a la creación de las ciencias naturales, la filosofía y el pensamiento crítico.

El ser humano ha tenido siempre a los astros al alcance de sus ojos. Sería atrevido, aunque quizás acertado, pensar que uno de los mayores descubrimientos que más causaron emoción en los antiguos humanos, fue alzar la cabeza al cielo y asombrarse con los miles de puntitos brillantes que podían ver. Y es que, quién no ha salido en una noche despejada y se ha asombrado con lo poco que podemos ver en el cielo nocturno de las grandes metrópolis del mundo. Intenta imaginar qué habrán sentido los antiguos pobladores al ver el cielo más estrellado que nuestros ojos jamás verán. Qué singular e indescriptible sensación.

Para rastrear los orígenes de la astronomía y poder entender esta ciencia en la actualidad debemos remontarnos a las primeras civilizaciones, tanto Americanas como Europeas, y debemos tener en cuenta dos cosas: La primera es que justamente para entender el presente debemos mirar hacia atrás, pues, como reza un dicho armenio: «quien carece del sentido del pasado está condenado a vivir en la estrecha oscuridad de su propia generación».

La segunda es que debemos comprender que nuestras ideas, nuestras ciencias y filosofías, no son más que la herencia o conquista de creaciones ulteriores. Por ello, cuando hablemos de historia debemos preguntarnos: ¿cómo vivían y pensaban, las personas, las ideas revolucionarias que hoy utilizamos? Y así, con esto en mente, podemos transportarnos a la época en cuestión, viajar al pasado, ponernos en los zapatos de las personas de cualquier época.

El comienzo de todo

Las Constelaciones

Si se observa la bóveda celeste durante unas horas podemos notar como las estrellas se mueven armónicamente, a la par, a la misma dirección: de este a oeste. Sólo así es fácil distinguir grupos de estrellas que se mueven como un «todo» por el cielo. Esto ya era sabido hace, al menos, 10,000 años e inflamó la imaginación de los hombres primitivos, quienes creaban «figuras invariables» con ciertos grupos de estrellas, inventando así las constelaciones. Es importante mencionar que la imaginación de cada tribu era distinta, por lo que seguramente cada tribu prehistórica tenía sus propias constelaciones.

El germen de algunas constelaciones que seguimos utilizando viene de la cultura mesopotámica, que tuvo lugar entre los ríos Tigris y Éufrates, en el Medio Oriente, hace unos 5,000 años. Se han identificado constelaciones como la de Tauro, Leo y Escorpión en sus tablillas de arcilla y monumentos de hace más de 3,000 años.

Escultura mesopotámica que muestra algunas constelaciones. Escorpión a simple vista

Planetas

Es difícil rastrear por la bruma de la historia el descubrimiento de los planetas. Sin embargo, sabemos que aproximadamente hace 5,000 años, cuando las civilizaciones comenzaron a establecerse, ya se tenían identificados siete planetas. Estos suelen llamarse «los siete planetas de la antigüedad» y son, con sus nombres actuales, el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno.

¡Un momento! –Diría el lector: ¿Por qué la Luna y el Sol están dentro de esa lista?

En la antigüedad se le llamaba «planeta» a cualquier astro que se desplazara respecto a la bóveda celeste «fija». Y justamente el Sol y nuestro satélite natural tienen este comportamiento. Con apoyo de las ideas de la Astrónoma Julieta Fierro Grossman y un poco de lógica, podemos decir que el primer planeta de la lista en descubrirse fue la Luna. De nuestra lista es el astro que más rápido se mueve y que, además, su brillo, dimensión y fases la vuelven un objeto imperdible del cielo nocturno.

El segundo debe de haber sido el Sol por ser el segundo más rápido en su andar respecto a las estrellas al amanecer. Estas observaciones se pueden lograr en su ocaso y su salida. El tercer planeta fue Venus, sin duda, ya que es relativamente rápido su movimiento respecto a las estrellas y es el objeto más brillante del cielo nocturno, solo superado por el Sol y la Luna.

El cuarto debe haber sido Marte ya que su movimiento es más rápido en comparación con Júpiter y Saturno, llega a ser muy brillante, aunque no más que Júpiter, y su color rojo les debió parecer muy llamativo y más notable que el blanco de las estrellas y demás planetas.

El quinto, no hay duda, fue Júpiter debido a su brillo y rapidez en comparación con Saturno, el sexto en descubrirse. Por último está Mercurio por ser el planeta más difícil de ver a simple vista. Esto se debe a su cercanía al Sol. De hecho, no se puede ver en un cielo completamente oscuro. Sólo antes del amanecer y poco antes del anochecer y se observa muy cerca del horizonte e inmerso en el resplandor del Sol, lo que dificulta su avistamiento. Me atrevería a decir que es muy probable que el lector de este artículo nunca haya visto a Mercurio, pero no se sienta mal porque ni Copérnico, celebérrimo astrónomo del siglo XV, lo llegó a ver.

Símbolos de los siete planetas de la Antigüedad

¿Las antiguas civilizaciones eran «Relativistas»?

Aunque las civilizaciones Antiguas carecían de herramientas matemáticas y teorías científicas que comprobaran la relación que guardan el espacio y el tiempo, sin duda eran buenos relativistas. Astrónomos y arquitectos ya entendían la relación entre el tiempo y el espacio pero no como ahora la conocemos. Sabemos que conocían esta relación gracias a algunos de sus monumentos que están alineados con asombrosa precisión a los puntos cardinales o con los lugares donde la Luna y el Sol aparecen y desaparecen en el horizonte.

Algunos ejemplos son las Grandes Pirámides de Giza, Stonehenge o Chichén-Itzá, en México. Hablaremos de este último ejemplo por cercanía y orgullo nacional. A 100 km de Mérida, Yucatán, se encuentran las ruinas de esta ciudad, Chichén-Itzá. Este lugar es célebre por su conocido «descenso de Kukulkán» en la pirámide «El Castillo». Este espectáculo es un maravilloso juego de luces, sombras, arquitectura, naturaleza y astronomía antigua que aparece en los equinoccios de primavera y otoño.

Al amanecer, la luz del Sol y la sombra de la arista noreste de la pirámide producen una sombra en forma de serpiente (Kukulkán) proyectada sobre la escalinata norte del monumento. La serpiente va descendiendo conforme pasa el día hasta que, finalmente, Kukulkán desciende a la Tierra. Al atardecer este proceso se repite.

Este espectáculo demuestra la sabiduría y los precisos conocimientos de los arquitectos y astrónomos mayas, ya que debieron conocer a la perfección el movimiento de los astros para diseñar esta obra de arte.

Pirámide de Kukulkán, Chichén-Itzá. Fotografía de: Hector H. Vazquez

Es maravilloso como el conocimiento astronómico de las primeras civilizaciones se originó gracias a la observación constante del movimiento de los planetas, las estrellas, la Luna y el Sol, al grado de que se familiarizaron con ellos y sus movimientos y poco a poco perdieron el miedo por su ausencia o presencia. Esto solucionó problemas inmediatos respecto a la agricultura y la medición y emergencia de un «tiempo».

Aunque, sin duda, los primeros pobladores tenían tareas más importantes a las que dedicaban la mayor parte de su tiempo, como su supervivencia, la caza de animales y constante huida de ellos, agricultura, crianza de sus nuevos integrantes, entre otras. Sin embargo, gracias al atrevimiento de unos cuantos y su curiosidad, se emprendió este largo camino al que llamamos Astronomía.

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