La Ciencia es Cultura

Dicen que la curiosidad mató al gato, pero no dicen si lo que descubrió valió la pena.

José de Sousa Saramago. Escritor portugués y Nobel de Literatura en 1998

Actualmente existe una sobrecarga constante de información que no hay ni tiempo para detenerse y asombrarse de las cosas que nos rodean. También existe un gran distanciamiento entre la gente y la naturaleza, generando, por así decirlo una nueva enfermedad: la abstinencia de lo natural y la prohibición de la curiosidad.

Esta patología ataca a los más jóvenes que se encuentran embriagados con la fascinación del entretenimiento rápido de los dispositivos electrónicos.

Esto hace que conectar desinterés y desinformación con la ciencia se vuelva complicado. Sería como haberles enseñado métodos de cultivo, tradiciones y cultura mesoamericana a los exploradores europeos, cuando en su cabeza solo tenían una cosa: conquistar el nuevo mundo. Y ya todos sabemos qué sucedió después de su llegada: tragedia; cosa que se repetiría en nuestros días pero con la ciencia como nativos americanos y el masivo desinterés que existe por ella como conquistadores desalmados.

La curiosidad, característica innata del hombre, forma parte de los cimientos del aprendizaje y permite que el ser humano funcione como una entidad pensante y lo estimula a la búsqueda del conocimiento.

La metafísica de Aristóteles dice que todos los seres humanos tienen naturalmente el deseo de saber. Es por eso que considero alarmante la pérdida de asombro en la sociedad actual; esa capacidad de fascinación de ningún modo debe morir en nosotros. Su significado es trascendental para la humanidad, para la ciencia y para nuestro desarrollo como especie inteligente.

La fuente de todos los conocimientos reside en las sensaciones, recibidas por los órganos humanos de los sentidos del mundo exterior que existe objetivamente.

Mao Zedong, fundador de la República Popular China
Mao Zedong, 1963
Fuente: Internet

De la naturaleza recibimos la asombrosa capacidad de nutrirnos de información por medio de los sentidos corporales. De pequeños lo hacíamos todos, por ejemplo con la boca, chupando y masticando cualquier cosa para averiguar a qué sabía y, tal vez, entender qué era.

Por la vista, observando alrededor con atención como mirada hipnótica de búho. Por el tacto, cuando agarrábamos cualquier cosa, fuera frágil o dura, tersa o rugosa, liviana o pesada.

Por último, pero no menos nutritivo, mediante el oído, cuando escuchábamos atentos los sonidos del mundo pero sin entender nunca ni palabra. Mao Zedong, sostenía que el conocimiento separado de la práctica es inconcebible y que este comienza con la experiencia.

En el Romance de los Tres Reinos, celebérrima novela histórica china, se dice: “Al fruncir las cejas se viene a la mente un plan”, o bien cuando decimos: “déjame meditarlo con mi almohada”, esto muestra como el hombre opera intelectualmente con la ayuda de experiencias y conceptos con los que forma juicios, deducciones y conclusiones.

Antes de continuar debemos definir un concepto que usaremos a lo largo del texto: ¿qué es la ciencia?

Mi definición favorita es la que nos regala el increíble Doctor Ruy Pérez Tamayo:

La ciencia es una actividad humana creativa cuyo objetivo es la comprensión de la naturaleza y cuyo producto es el conocimiento, generado por medio de un método científico organizado en forma principalmente deductiva y que aspira a alcanzar el mayor consenso general”.

Ruy Pérez Tamayo, Ciencia, ética y sociedad, El Colegio Nacional, México, 1991
Ruy Pérez Tamayo
Fuente: Internet

La humanidad se ha empeñado desde hace siglos, con ayuda de su espíritu científico, en conocer el lugar en donde vive. Hemos descubierto características propias de la Tierra como su masa, su volumen, su densidad, sus temperaturas, sus distancias y hasta su posible edad.

Sin embargo, día a día aumenta el número de personas no valoran las cosas por su esencia científica o cultural, sino por su potencial económico o práctico. Ello demuestra que al hombre no le interesan los “productos inútiles” del intelecto humano a pesar de tener un papel importantísimo en el desarrollo de nuestra especie.

Un ejemplo de lo anterior es la medición del tiempo. Primero se estudió el movimiento de los astros en la bóveda celeste por mera curiosidad. Se obtuvieron así los «Siete planetas de la antigüedad». Luego, al resultar carente de resultados prácticos y económicos, los gobernantes aletargaron e ignoraron a sus “científicos”.

Finalmente al proporcionar una respuesta al problema de medición del tiempo, utilizando como relojes naturales las fases de la Luna, las estaciones del año y el ocultamiento diario del Sol, se retomó y agradeció a los antiguos astrónomos su aportación. Este representa el avance científico más viejo de la historia pero que igualmente se perdió en las brumas del desinterés por la ciencia.

Actualmente muchas personas al escuchar palabras como “ciencia” o “aprendizaje” huyen con temor y rechazo. Yo creo que uno de los objetivos de la divulgación científica es cambiar esa idea; es casi un deber.

No podemos fallarles a los ilustres personajes que visualizaron el mundo más allá de sus fronteras físicas y que contribuyeron a diseñar la erguida comprensión actual de la naturaleza, a quienes arriesgaron su vida por pensar diferente, a aquellos científicos que revolucionaron la comprensión de la realidad de su época nadando contracorriente, a aquellos grandes pensadores que fueron quemados en la hoguera por atreverse a defender sus ideas revolucionarias.

Por eso, en su honor, debemos aprovechar el conocimiento científico actual, nuestras capacidades cognitivas al máximo y ser curiosos al 200%. Los niños son curiosos de forma innata pero algunos crecen y no lo son más debido al aplastamiento prematuro de su curiosidad por parte de la sociedad.

Algunos más crecen y lo siguen siendo pero su quehacer diario no es científico, como hubieran deseado, lo que les arroja complicaciones para acercarse a la ciencia. Esta tragedia no es de culpa compartida, sino únicamente de la incultura, del desinterés y la ajenidad que la sociedad les infundió.

A pesar de todo, muchos jóvenes siguen teniendo curiosidad inacabable y simpatía por la naturaleza. No debemos dejar morir al científico, al “niño preguntón” que llevamos en nuestro interior.  Aunque el sistema educativo se haya encargado (y lo sigue haciendo) de aplastar nuestra curiosidad, nosotros mismos no debemos dejar que esa chispa se extinga aunque muchas veces resulte sinuoso, largo y duro encumbrarse y mantenerse por el camino del científico; este, sin duda, vale totalmente la pena y nos conducirá al perfecto conocimiento y comprensión de la naturaleza.

Fuente: Internet

Lo bello e interesante de la ciencia es el progreso antepuesto al triunfo. Sin embargo, este progreso ha despegado tan rápido que han dejado totalmente atrás al hombre común y, a veces, al mismo especialista.

Esto lo podemos notar en nuestra alarmante dependencia tecnológica, donde dicha tecnología ya resulta incomprensible para quien no sea un hombre de ciencia.

Es aquí donde entra en escena la divulgación de la ciencia

De nuevo, antes de continuar, debemos introducir una nueva definición: ¿qué es la divulgación científica? Desde mi más íntima visión, la divulgación de la ciencia es una labor multidisciplinaria cuyo objetivo es comunicar y explicar, con ayuda de los medios de comunicación, el quehacer científico y sus resultados a la sociedad, traduciendo con fidelidad, simplicidad y transparencia el conocimiento científico (repleto de tecnicismos y matemáticas duras) para hacerlo accesible a la sociedad en general.

El propósito principal de la divulgación del conocimiento es poner el espíritu científico en manos de todos, especialmente de los más jóvenes, a quienes les llegará su turno de generar conocimiento y quienes llevarán la impronta de los científicos y divulgadores que los encauzaron en la ciencia.

La divulgación científica y la ciencia misma sirven para cultivar nuestro ser con conocimiento, para formar ciudadanos cultos con un pensamiento crítico y difícil de manipular, y dar elementos para ser seres humanos más honrados y razonados, además, la difusión científica tiene la gran ventaja de no ser obligatoria, esto la vuelve volitiva, pues la gente interesada puede acercarse cuando, cuanto y donde desee.

La ciencia y la divulgación científica son la médula espinal del desarrollo y la construcción de las sociedades, sin embargo los medios de comunicación muchas veces no favorecen su esparcimiento masivo. Aunque esfuerzos sí se hacen para contrarrestar estos problemas, los resultados no son suficientes.

La mexicana es una nación donde el terreno toma forma desoladora al constatar que los gobiernos, en general, no han conseguido explotar todos los recursos que la tecnología ofrece para acercar la ciencia a la gente, tanto especializada como no experta. A esto hay que sumarle que ante la vorágine informativa los temas de actualidad eclipsan a los temas científicos y, al final, la ciencia pasa a un segundo plano.

Como respuesta a esta problemática se hacen esfuerzos que ofrecen toda la comunicación científica que el público demanda y merece. Existen asombrosos divulgadores científicos mexicanos, medios de comunicación independientes como este, radiodifusoras y programas de televisión de divulgación científica, entre otros.

El gobierno debe tomar fuerza en este papel y tiene que poner en marcha estrategias y políticas públicas que garanticen y promuevan correctamente el espíritu científico en la sociedad y que permitan cerrar la brecha ciencia-sociedad que reboza en el México contemporáneo.

Y es que resulta sorprendente que no se haya encontrado aún solución en los medios de comunicación, siempre tan preocupados por las necesidades de la sociedad.

Es triste saber que en México hay periodistas especializados en política, en deportes, también en ciencias sociales y hasta en la nota roja (y vaya que estos últimos tienen mucho material para trabajar) pero casi no especializados en ciencias básicas. Son los mismos científicos y periodistas apasionados por las ciencias quienes al ver esta enorme área de oportunidad en México se adentran en el terreno de la comunicación.

Más aún, notamos este desinterés por la divulgación con el nada duradero tiempo que se otorga en los programas de ciencias existentes en la radio y televisión. Este desinterés no es solo de los medios, también es compartido por las autoridades del país a lo largo de los últimos 50 años. Tan solo recordemos la reciente creación del Conacyt en 1970.

Es urgente contar con medios de comunicación especializados en divulgación científica y con políticas que apoyen a la comunidad científica, pues la sociedad no puede entrar a los centros de investigación, más bien es el laboratorio el que tiene que salir a la sociedad.

Hace falta gente intermedia que funja como bisagra de la puerta del laboratorio y que sea capaz de transmitir lo que se hace en los centros de investigación a la sociedad. Estas “bisagras” pueden ser los mismos científicos, aunque a veces no les gusta o simplemente no tienen las habilidades comunicativas necesarias y, como producto, se vuelve tortuosa su participación en la difusión.

Hay quienes comunican su investigación de forma simple, llana y transparente pero hay algunos que se sienten más cómodos con ayuda externa. Después de todo, no podemos exigirles, además de brillantes en su campo, tener una faceta de comunicador sobresaliente.

Ahora, nosotros como sociedad debemos apreciar las ciencias básicas pues todas las innovaciones científicas y tecnológicas vienen de ellas. Si las entendemos y consumimos tendremos más innovación. La divulgación de las ciencias debe cimentarse en el ámbito público y realizarse por el progreso de un pueblo.

Necesitamos programas de divulgación científica que compartan todas las ciencias de todo el mundo, sin olvidar, claro está, la experiencia propia del país donde se implementen estas propuestas porque no es lo mismo ser un científico investigador en México que en Alemania o en España.

Se debe procurar dar una idea más crítica y equilibrada de lo que representa ser científico en la actualidad, una visión clara y realista de los problemas que vivimos en este siglo y proyectar una imagen de la capacidad de transformación, el potencial y papel que la ciencia tiene para revertir dichos problemas que nos aquejan y, así, mejorar con dignidad nuestro presente y nuestro futuro.

Después de analizar la importancia de la ciencia y la divulgación científica en la sociedad, cabe la pregunta: ¿De qué le sirve a la sociedad saber de ciencia o tecnología?  La respuesta es sencilla: la ciencia es cultura.

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