Lo que la bomba atómica se llevó: La historia de los hibakusha (Parte II)

Los efectos inmediatos de la caída de las bombas atómicas fueron devastadores y dieron de inmediato la vuelta al mundo. Mientras el mundo celebraba la terminación de la guerra, los hombres y mujeres del pueblo japonés se encontraban con las cenizas de un país devastado y miraban hacia el futuro. Lamentablemente, los efectos de las bombas no terminarían con su rendición en la guerra y los impactos a largo plazo se transformarían en una huella imborrable de su cultura.

Efectos sobre los embriones

Poco después del descubrimiento de las radiografías, en todo el mundo surgieron estudios que mostraban una relación entre retraso mental y madres que habían recibido radioterapia pélvica durante las primeras etapas del embarazo, por lo que, no es sorprendente saber que se observaron las mismas anormalidades entre los niños nacidos de mujeres que estuvieron expuestas a la bomba atómica durante el embarazo. El efecto fue principalmente entre los hijos de mujeres que estuvieron expuestas dentro de las 15 semanas posteriores a su último período menstrual en las zonas más cercanas al sitio de caída de la bomba, es decir se observó la existencia de un relación dosis-respuesta; el efecto disminuía en frecuencia y severidad a medida que aumentaba la distancia de contacto de la mujer al hipocentro de la bomba.

El desarrollo de malformaciones se reportó excesivamente sólo en asociación con altas dosis de radiación y no en las áreas más extensas de gran destrucción y pérdida económica, que se extendieron mucho más allá del área de altas dosis.

La mortalidad fetal e infantil después de la exposición a la bomba atómica no se evaluó hasta 6 años después del evento. Las mujeres que se entraban embarazadas  y que se expusieron a menos de 2000 metros del hipocentro de Nagasaki y que dijeron que tenían signos importantes de enfermedad por radiación aguda fueron reportadas con la pérdida del producto hasta en 43% de los casos, siendo considerablemente más alto que lo observado en aquellos habitantes embarazadas que estuvieron expuestas a la bomba pero que no llegaron a desarrollar enfermedad grave.

Efectos en el crecimiento

Durante 1951 se llevó un estudio en el que se observó a 2400 individuos sobrevivientes de la bomba atómica de entre 6 y 19 años respecto de un grupo del mismo tamaño que no se había encontrado expuesto a la bomba, con el fin de examinar si existía una relación entre el efecto de la radiación y el crecimiento, para ello se tomaron 12 medidas antropométricas entre todos los individuos, encontrándose que los sobrevivientes de las bombas tenían reducción en el crecimiento en pequeña medida en todos los grupos de edad respecto a la población no expuesta, siendo particularmente importante esta diferencia en la edad post-puberal.

Efectos sobre la sangre y la leucemogénesis

En 1951, se observó un pico de incidencia para el desarrollo de leucemias en Japón, siendo más marcado para las leucemias agudas que para la leucemia granulocítica crónica. En los niños, la leucemia fue generalmente aguda, siendo la forma linfocítica tan común como la granulocítica. En todos los grupos de edad, la leucemia aguda continuó ocurriendo a tasas más altas de lo habitual hasta 1966.

Los comités de investigación sobre los efectos de las bombas comprobaron que no existían dudas acerca de cómo la exposición de todo el cuerpo a la radiación ionizante, en dosis suficientemente altas, era capaz de inducir leucemia en el ser humano, así mismo, observaron una alta prevalencia de otras formas de cáncer, como el pulmonar, de seno, estómago y tiroides en los sobrevivientes.

Los efectos sobre la carcinogénesis debidos a la radiación por las bombas atómicas se han vuelto más dramáticos conforme la edad de los sobrevivientes aumenta, de acuerdo a datos de la cruz roja, desde marzo de 2014, dos terceras partes de las muertes de sobrevivientes en el hospital de Hiroshima se deben a tumores malignos.

Los efectos invisibles al ojo humano

En 1957 se estableció la ley médica de los sobrevivientes de la bomba atómica, utilizándose por primera ocasión de forma oficial el término “hibakusha” para referirse a los aquellos que habían experimentado daño producto de las bombas atómicas, particularmente por la radiación. Esta ley surgió como una necesidad  del gobierno japonés de reconocer la importancia de medidas de protección contra el riesgo de exposición a materiales radiactivos, no solo por las pruebas nucleares sino también por el uso futuro de la energía atómica en Japón.

Pese a su relevancia histórica y el valor de lo vivido, los hibakusha se tranformaron en personajes censurados en Japón durante los primeros años de la post-guerra. Casi inmediatamente después de la rendición japonesa, al iniciar la ocupación, el norteamericano, Douglas MacArthur, emitió un código de prensa restringiendo a los periodistas japoneses de informar sobre cualquier cosa relacionada con los bombardeos o los efectos de la radiación, y limitando a los periodistas extranjeros. Esta censura oficial no se levantaría hasta el final de la ocupación en 1952. Los los hibakusha por su parte se sentían en su mayoría  avergonzados por las heridas y enfermedades que las bombas les habían causado y deseaban olvidar el pasado por lo que a menudo decidían no contar sus historias.

Uno de los pocos hibakusha que hizo frente a esta censura fue el doctor Takashi Nagai, superviviente de la bomba atómica de Nagasaki quien escribiría las campanas de Nagasaki en 1949. Su libro, previo a su publicación, fue revisado por las fuerzas de la ocupación, quienes decidieron incluir un apéndice sobre las atrocidades que los japoneses habían hecho en filipinas durante 1945. En 1951, el doctor Nagai, fallaceria a causa de los efectos de la radiación.

Con el término de la censura en 1952 los hibakusha comenzaron a contar lo vivido, y por primera vez, imágenes y textos creados por estos dieron la vuelta al mundo. Pese a ello, fueron víctimas de discriminación por una sociedad donde su existencia representaba el recuerdo de la guerra, se les negaba la entrada a los baños públicos, oportunidades de trabajo e incluso el matrimonio debido a su estado. Se pensaba, por ejemplo, que si dos sobrevivientes se casaban tendrían hijos con discapacidad. Los hibakusha decidían entonces esconderse, y evitaban que se conociera su pasado, Sumiteru Taniguchi, consejo de víctimas de la bomba atómica de Nagasaki, por ejemplo, revelo que durante muchos años utilizo camisas de manga larga durante todo el año para evitar que la gente viera las cicatrices de su cuerpo.

Con los años, los sobrevivientes han retomado su papel en la historia, y se han vuelto piezas clave en el movimiento antinuclear y en la búsqueda del mantenimiento de la memoria histórica.

Se estima que la caída de las bombas atómicas cambio la vida de aproximadamente 140,000 personas en Hiroshima y 74,00 en Nagasaki; seres humanos que murieron a causa de sus efectos a corto y largo plazo o que perdieron todo aquello que conocían. Los hibakusha y sus historias representan un recordatorio constante del daño que la guerra y las armas pueden hacer y de cuales son los límites de la “humanidad” de los habitantes en la tierra.  

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