La absolución de Sísifo

«El más triste aspecto de la vida ahora es que la ciencia alcanza conocimiento más rápido de lo que la sociedad alcanza la sabiduría.»

– Isaac Asimov

Tecnológicamente hablando, la humanidad jamás había experimentado un avance tan vertiginoso como en el último par de siglos. Por tal desarrollo, en muchos ámbitos la filosofía y la imaginación se ha visto sobrepasada por la marcha imparable que conocemos como progreso.

La ingeniería genética y el uso de drones delimitaron en su momento los límites de la reflexión, pues no se habría discutido profundamente sobre  la manipulación genética de seres vivos ni los usos diversos que un civil pudiera hacer de un dispositivo sigiloso controlado a distancia, en el cual fácilmente pueden montarse armas de todo tipo.

La presente reflexión surge tras ver el siguiente vídeo:

El futuro prometido

En las múltiples ficciones que nos figuramos sobre el futuro, influenciadas en gran medida por las obras literarias, cinematográficas y televisivas de ciencia ficción, un mundo automatizado en donde la presencia de las máquinas antropomorfas es tan común que, si bien, pudiera o no alarmar, no extrañaría a los habitantes de ese futuro figurativo.

Llamemos, por esta ocasión, robot a una máquina antropomorfa. Entre las fantasías más recurrentes se encuentra las relaciones entre robots y humanos, esto implica una comprensión semántica por parte del robot, lo cual, en términos cognitivos, es una operación sumamente compleja e imposible de replicar por algoritmos actuales.

Además, habría una necesidad de incluir el parámetro inteligencia en el algoritmo, pero esto, junto a las  cuestiones sobre profesiones reemplazables que abordo más adelante, por sí solos dan material para una amplia discusión que no trataré por ahora.

Gran parte de la creación imaginativa del futuro es la facilidad y eficiencia con las cuales se realizan las labores cotidianas. Inventos de todo tipo se han proyectado de la fantasía a la realidad a través de las décadas. La cuestión en muchos aspectos dejó de ser «¿Será posible hacerlo?» y se convirtió en «¿Cuándo será hecho?».

La influencia tecnológica

Desde la antigüedad, el avance tecnológico ha influido en las estructuras sociales del hombre. Con la aparición de la agricultura vinieron casi de inmediato (en términos relativos de tiempo) tecnologías que mejorasen la actividad, es decir, la convirtieron en una actividad más sencilla, más productiva, etcétera.

Esto conllevó gradualmente a una explosión demográfica, de donde las comunidades, que no excedían los 20 individuos, crecieron hasta alcanzar los cientos y después los miles. Para evitar el caos tuvieron que desarrollarse diversos sistemas sociales, en primera instancia se dividían las labores de los individuos según su capacidad (granjero, herrero, panadero, obrero, etcétera).

Tiempo después, resalta el imperio romano, cuya superioridad militar y sistemas sociales, en gran medida otorgadas por la tecnología que empleaban, le garantizó un extenso dominio en Europa, el norte de África y parte de Medio Oriente y con ello la propagación del concepto griego de democracia; este concepto finalmente terminó por extraviarse, por lo menos en la cultura occidental, durante todo un milenio después de la caída del imperio.

Ya en la edad media este sistema fue sucedido por los feudos y así permaneció por un largo tiempo. En el siglo XV, con la aparición de la imprenta, la propagación de una nueva fe en Europa fue incontrolable, lo cual conllevó a una serie de revoluciones y la guerra de los treinta años, y con esto a una sutil, pero determinante, diferencia cultural entre los países católicos y protestantes*.

Con la aparición de la producción en masa se distinguieron dos secciones asimétricas da la sociedad: la burguesía y el proletariado, las cuales, se encontraban más distantes de lo que sus ingresos pudieran medir (pensando en calidad y esperanza de vida, en igualdad de oportunidades y peso en la toma de decisiones populares).

Durante el siglo XX, la automatización y optimización de los procesos industriales hizo crecer desmesuradamente a la clase media en los países industrializados; ésta es hoy día el principal objetivo de la industria del consumo.

Las telecomunicaciones, el acceso casi ilimitado a la información y una red global que posibilita la conexión entre individuos distantes entre sí (espacialmente hablando), son causantes de muchos de los cambios sociales más profundos en la actualidad, sin embargo, cada vez es más frecuente escuchar sobre las tecnologías autómatas (en especial autos y algunos robots).

En los casos más básicos (en términos de la complejidad de la tarea), existe un sinfín de máquinas capaces de realizar de forma más eficiente el trabajo de un ser humano.

Casi podría asegurar que todo trabajo repetitivo algún día será sustituido por  un algoritmo capaz de hacerlo con mayor eficacia que la mayoría de los humanos adiestrados para dicho trabajo. Por tal motivo, los empleos de taxista, de operario en plantas ensambladoras y los empleados en tiendas de auto servicio, así como ya lo hacen los dispensadores de boletos, dinero y cualquier producto en general, serán remplazados por alguna máquina.

El ámbito profesional no se escapa del final de múltiples encomiendas sisíficas que les caracterizan. Profesiones como las del médico, contador público o incluso profesiones burocráticas, corren el riesgo de desaparecer gracias a los algoritmos matemáticos y la tecnología informática y robótica.

La liberación

Hasta ahora hemos hablado de automatización y remplazo de personas por las máquinas en labores cotidianas, entre las cuales se encuentran las funciones burocráticas. Esto abre la posibilidad de que los pueblos en el futuro sean gobernados por un código, escrito en algún lenguaje de programación, totalmente apártidas e incorruptibles.

Por más inverosímil que esto pueda parecer, de nuevo intercambiamos la pregunta «¿Será posible hacerlo?» por «¿Cuándo será hecho?», pues gracias al algoritmo Blockchain (ver vídeo adjunto) ya existen indicios de este cambio (cuyas consecuencias sociales son difíciles de anticipar).

Ahora bien, imaginemos el escenario donde hasta las tareas  más triviales y básicas han sido relegadas a las máquinas. La consecuencia directa de esta hipótesis es un incremento generalizado del tiempo de ocio y de las actividades recreativas que, a su vez, complican la especulación de las consecuencias que pudiera acarrear.

Así pues, consideremos sólo el caso mencionado anteriormente, donde los algoritmos no gobiernan y en todos los oficios y empleos y en todas las profesiones sustituibles son las máquinas las que laboran.

Intuir que los países más desarrollados del mundo se han estado preparando gradualmente para este cambio resulta un tanto errado, pues generalmente corren al ritmo de sus avances tecnológicos. Así, podríamos decir que, en efecto, se preparan para el evento, dando así tiempo a la sociedad de adaptarse conjuntamente al desarrollo e implementación de la tecnología, por ejemplo, en el caso de una línea de ensamblaje donde operan sólo máquinas, en lugar de un operario, se requerirá un técnico que dé mantenimiento a éstas.

En términos de capital humano, la reducción sería enorme, pues un puñado de técnicos sería capaz de realizar el trabajo de cientos de personas a través de las máquinas, las cuales supervisan y les brindan mantenimiento.

Ocio ya no denominaría al tiempo libre provocado por el desplazamiento del capital humano; al ser capaces una pequeña cantidad de programadores, técnicos y profesionistas afines a estas necesidades de realizar el trabajo de cientos de personas, ¿qué consecuencias sociales podría conllevar? Pudiera pensarse que los sistemas educativos estarían orientados plenamente al desarrollo computacional y a la postre dentro de décadas, conocer o dominar será tan natural como lo es hoy saber escribir.

Pero esta disminución en las plazas de trabajo significaría, además, más cambios sociales y habría, por lo menos, tres consecuencias obvias dentro de este escenario (al menos para mí): 1) una homogeneidad en la calidad de vida generalizada (pensando en un contexto global y no casos aislados como países desarrollados, en vías de desarrollo y subdesarrollados); 2) una brecha mucho más pronunciada entre los capitalistas y el consumidor – cuya fuente de ingresos fue usurpada por una máquina -**; y 3) una suerte de segundo renacimiento.

La primera y la segunda claramente son ajenas entre sí, es decir, si ocurriese una, se excluye la otra; sin embargo, la primera necesariamente implicaría la tercera, mientras que la segunda pudiera retrasarla o bien no propiciarla (la tercera).

La necesidad mencionada, me atrevo a afirmarla debido a la explosión de creatividad detonada por el tiempo liberado de actividades triviales en su mayoría.

«Cuando la sociedad es rica, la gente no tiene que trabajar con las manos y se dedica a la actividad intelectual […]»

M. Kundera, La insoportable levedad del ser, 1984.

Pero, en cualquiera de los dos primeros casos, parece inherente una disminución en la población (aunque no sea por las mismas razones).

El vacío social

Siempre, y en cualquier contexto, habrá un facción del Todo más rezagada respecto a algún parámetro que el resto -su equivalente el día de hoy serían los países manufactureros principalmente-. Si en un gesto de buena voluntad, un país puntero en el desarrollo mencionado antes proporcionase todo lo necesario para replicar el estilo de vida de su propia gente en el país rezagado, ¿qué consecuencias le traería a éste último?

Digamos que un país, donde ser taxista yo no es una opción necesaria para ningún individuo de esa sociedad, introduce en un país subdesarrollado una compañía de taxis autónomos (y este es sólo uno de los múltiples ejemplos de mención posible) y el gobierno del segundo país para ahorrarse costos y disputas con sindicatos accede a remplazar todas las unidades conducidas por un chófer.

¿Qué consecuencias pudiera traer ese desequilibrio y quién o quiénes beneficia? Debido a las magnitudes de la cuestión, es imposible imaginar los detalles de las derivaciones que ésta supone, pero podríamos pensar en una escalada en los índices de personas con depresión y suicidios a nivel nacional y, a causa de esto, programas sociales destinados a reducirlo, etcétera.

En resumen, no sería factible, pese a los beneficios inmediatos que gozarían los más preparados o más afortunados, la introducción repentina de este nuevo estilo de vida propiciaría la segunda consecuencia, pues, si bien, ya ha funcionado en otros lugares, no se le ha dado tiempo a la sociedad de adaptarse a este cambio.

De ahí la importancia de que una sociedad por sí misma sea la promotora de su desarrollo, con el propósito de ajustarlo a medida de su propio beneficio.

No obstante, si de verdad creyésemos que este futuro totalmente automatizado fuera una posibilidad inevitable, hemos de preguntarnos: ¿sería realmente necesario? Más aún, ¿en verdad lo queremos?

Probablemente en este futuro Sísifo quedaría absuelto de su encomienda; remplazado por una máquina, pasaría del absurdo de realizar por siempre una tarea repetitiva al absurdo de vivir una vida sin-quehacer.

Esta es una reflexión especulativa, con diversas fallas y puntos de vista sin gran perspectiva, en la cual abordo una nimia problemática que pudiera jamás darse.

* La diferencia en la fe en las diversas regiones europeas (norte y sur principalmente) contribuyeron directamente en la economía de los países que las profesaban; pues en el sur-occidente, donde se practicaba mayoritariamente el catolicismo, era preferible ser pobre a tener un indigno trabajo manual, mientras que en el norte-centro y partes de oriente, donde se practicaba mayoritariamente el protestantismo, éste era sumamente apreciado. Esta brecha puede observarse hoy en día al comparar las economías y calidad de vida en, por ejemplo, Italia y Noruega, España y Alemania, Estados Unidos y México y todo esto gracias a la imprenta.

** Lógicamente, el capitalista estaría actuando óptimamente: si el objetivo de éste es incrementar las ganancias de su empresa, recurrir a una máquina resulta mucho más barato a largo plazo que emplear una persona: las máquinas no enferman y, por tanto, no requieren de seguro médico; no perciben sueldo alguno, pueden operar virtualmente sin descanso (al menos al ser comparada con una persona), entre otros beneficios.

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