¿Los robots van a la escuela?

No, los robots no van a la escuela. Y precisamente de ello hablaron Rodrigo Molina Domínguez y Luman Burr Capistrán de Robótica Golem durante su participación en la segunda noche de Pint of Science México. Los jóvenes potosinos expusieron a los pintíficos presentes en el Peter Brown sobre las contrastantes realidades entre escuelas públicas y privadas, además de los beneficios que implica la robótica educativa para los niños y la urgente necesidad de democratizarla, así como la propuesta de su empresa emergente para contribuir a lograrlo.

golem

Ventajas de la robótica educativa

Respectivamente con 10 y 7 años de experiencia como docentes en InteliRobot, Rodrigo y Luman han sido testigos de cómo la robótica educativa ayuda a mejorar la motricidad de los niños, ya sea bailar, patear una pelota de futbol, batear una de beisbol o trabajar con las herramientas del taller. En robótica educativa, todas las actividades llevan un poco de diversión, se trata de que el niño pueda jugar con el robot que está armando y programando.

Otro aspecto que se desarrolla y afianza en los niños es el trabajo en equipo: convivir, distribuir tareas, solucionar problemas en conjunto —imagínate lo diferente que hubiera sido La Guerra del Infinito si los vengadores hubieran sabido trabajar en equipo, por ejemplo—. Poco a poco, los niños van encontrando qué se les da mejor, se van especializando y, entonces, ellos mismos arman sus equipos con base en la integración de aptitudes complementarias.

Asimismo, los niños pasan por un proceso de «alfabetización» de las herramientas necesarias para construir robots. «Yo conozco gente que al tornillo, a la tuerca, a la rondana y a la pija… a todos esos les dicen tornillos», comenta Rodrigo. Los alumnos no sólo aprenden conceptos sobre mecánica y los nombres de todas las herramientas que se usan en el aula, sino que además las utilizan ellos mismos.

Que en México la democratización llegue a la robótica educativa

En nuestro país se tiene registro de poco más de doscientas mil escuelas de educación básica: preescolar, primaria y secundaria —por cierto, hasta hace dos años, no se tenía un número exacto de la cantidad de escuelas que hay en la nación—; poco más de 13% son escuelas privadas. Y algo que no es secreto para nadie es que la educación privada, aunque no necesariamente es mejor, sí tiene más recursos a su disposición.

En este contexto, la robótica educativa tiene una gran desventaja: es cara. En México sí hay escuelas que contemplan dicha disciplina en sus planes de estudio, pero la gran mayoría son instituciones privadas. ¿Y las escuelas públicas? Sólo 0.01% de los niños de escuelas públicas tiene acceso a robótica educativa; el resto probablemente nunca haya tocado un robot o siquiera escuchado el nombre de la materia.

En México, es necesario democratizar la robótica educativa, llevarla a todas las escuelas de educación básica. ¿Por qué? Porque aporta grandes beneficios y complementa la educación de los niños. El sistema educativo aún está a tiempo de implementar programas de esta disciplina. Actualmente, sin importar cuál sea tu especialidad, la tecnología ya está presente en las aulas universitarias o en los diversos ámbitos profesionales, ¿qué mejor que entrar en contacto con esas herramientas desde temprana edad?

Robótica Golem

Esta empresa emergente busca hacer que la robótica educativa sea de fácil acceso para las escuelas, privadas o públicas; su objetivo es facilitar la obtención de un kit de robótica, que actualmente cuesta entre ocho mil y diez mil pesos mexicanos… más el costo de la computadora necesaria para programar (es decir, como mínimo, son cuatro mil pesos más). ¿Qué pasa actualmente cuando una empresa vende estos kits de robótica educativa a las escuelas públicas mexicanas?

Actuales soluciones disponibles en el mercado

Ha habido estados que compran 10 o 15 de estos kits (entre ciento cincuenta mil y doscientos mil pesos) por escuela. El producto es un kit de robótica muy bonito, con computadora incluida, pero el resultado es que, apenas unas cuantas clases después de iniciado el curso, el libro de instrucciones ha sido completamente visto, los niños no se han enfrentado a verdaderos retos de programación y ya no hay nuevo contenido. Es sólo el hardware, sin la plataforma pedagógica.

También hay empresas que se dedican exclusivamente a vender ese sustento pedagógico: qué clases dar, cómo impartirlas, qué robots construir, etcétera. El truco está en que tales empresas ganan por las licencias que venden para que sus programas educativos sean usados en las escuelas. Las instituciones públicas de enseñanza básica se ven obligadas a pagar licencias anuales por cada alumno a quien impartan esas sesiones. Sigue siendo caro.

El mitológico Golem de barro

En la mitología hebrea-judía, era un monstruo creado con barro que, para cobrar vida, requería que alguien le diera órdenes por escrito en papiros, que debían ser depositados en su boca. Ahora bien, cuenta la leyenda que una vez alguien le ordenó que sacara agua del río; ¿qué hizo el Golem?, muy obedientemente, se fue al río y comenzó a sacar agua… y a sacar agua… y a sacar agua… y a sacar agua… ¡hasta que inundó la ciudad y mató así a algunas personas! ¿Por qué?, porque no se le dio la instrucción de cuándo detenerse.

El prototipo beta del Golem robótico

Al encenderlo, se prenden unos leds ultrabrillantes que tienen un sensor de color en la parte interna, la detección de color sirve para que el Golem interprete la instrucción que se le está dando mediante la tarjeta que le se inserta para que la lea. Primer problema, resuelto: adiós, computadoras, las instrucciones se dan con tarjetitas de colores, olvídate de esos mínimo cuatro mil pesos extras para tener un kit funcional de robótica educativa.

Cada una de las tarjetas representa una acción diferente: avanzar hacia adelante, dar vuelta a la izquierda, detenerse, esperar x cantidad de segundos… El Golem potosino puede ejecutar hasta 256 instrucciones. Adicionalmente, las tarjetas tienen símbolos que se asocian a cada instrucción, lo que permite que los niños practiquen en sus libretas antes de programar el Golem.

Al igual que el Golem de barro, su pariente tecnológico requiere instrucciones claras y precisas para ejecutar satisfactoriamente las órdenes que recibe. De eso se trata el aprender a programar: «Tienes que seguir una serie de pasos y, si la haces mal, las cosas no van a funcionar como tú quieres» , aclara Rodrigo. Y continúa: «Como cuando estás programando en C: si no pones un punto y coma, ¡la computadora explota! [risas del público]… Los que se rieron han programado en C».

El kit, cuyo costo sería aproximadamente 70% inferior a los actualmente disponibles en el mercado, consta de un Golem, el sistema de programación con tarjetas y aditamentos hechos de cartón para que los niños se sumen a la cultura o movimiento de los hacedores (makers); y, por su puesto, se pone a disposición de los docentes un sistema gratuito en línea para capacitación. La idea es que, una vez adquirido el kit, no haya que pagar un licencia y las clases comiencen tan pronto el maestro esté capacitado.

 

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