Nada que curar: La “ciencia” detrás de los esfuerzos para corregir la orientación sexual (parte III)

La inclusión de la homosexualidad en el manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales propició la aparición de terribles experimentos durante la segunda mitad del siglo XX. Decenas de investigadores plantearon nuevos estudios que pretendían modificar las preferencias sexuales de sus usuarios. Al final, todos sus reportes tenían escrita entre líneas una observación en común: no existe corriente eléctrica ni forma de psicoanálisis que pueda cambiar la orientación sexual.

La aversión eléctrica: De los métodos de MacCulloch y Feldman a la técnica de Brancroft

Terapia por electrochoque. Vía: AirTalk

En 1964, MacCulloch y Feldman propusieron un modelo de aversión eléctrica. En este, el paciente era sentado frente a un proyector con un botón de cambio de diapositiva. Se le mostraban imágenes de personas de su mismo sexo y se le pedía que cambiara la diapositiva en menos de 8 segundos; de lo contrario, recibiría una descarga eléctrica generada por una bobina de inducción de 12 voltios. En cada sesión se utilizaban al menos 24 diapositivas y cada paciente recibía 20 sesiones o más como parte de su tratamiento.

En el seguimiento de los investigadores durante uno y dos años, sus artículos revelan que ninguno de los pacientes tratados con esta técnica había dejado de tener deseos y fantasías homosexuales. Pese a ello, los autores continuaron defendiendo, inadecuadamente, la práctica de esta clase de metodologías.

En 1968, Bancroft y Marks elaboraron una técnica de aversión siguiendo las teorías de MacCulloch. En el método Bancroft, el paciente elaboraba una fantasía mientras observaba las fotos de personas de su mismo sexo. Cuando se detectaba un aumento de 0.6 mm en el diámetro del órgano, se proporcionaban dolorosas descargas eléctricas en el brazo; una descarga inicial y descargas adicionales cada 15 segundos. Las descargas cesaban hasta que la erección estaba por debajo de los 0.6 mm o desaparecía.

Las descargas eléctricas se administraban hasta en cinco ocasiones y, de no lograrse respuesta, se iniciaba un nuevo experimento. Se realizaban, en promedio, 12 experimentos por sesión. Tras ello, a los pacientes se les mostraban fotos de personas del sexo opuesto, se les pedía que crearan una fantasía con ellas y se suprimía la administración de shocks.

El tratamiento comprendía entre cuarenta y cincuenta sesiones. En el seguimiento a largo plazo, al igual que en los ejemplos anteriores, nunca se observó la completa ausencia de comportamientos o intereses homosexuales en las personas estudiadas.

La sensibilización encubierta: El método Cautela

En 1966, cuando los modelos para terapias de aversión y de psicoterapia se multiplicaban, el investigador Cautela desarrolló una técnica a la que denominó sensibilización encubierta. En esta metodología, se presentaban descripciones verbales de actos considerados socialmente inadecuados y se les vinculaba con consecuencias aversivas como náuseas, vómitos, el descubrimiento de la identidad sexual por parte de la familia, entre otros.

Primero, se inducía al paciente en un estado de relajación. Después, se planteaban situaciones sexualmente excitantes para llevar a los sujetos de estudio a imaginar los acontecimientos más aversivos o negativos que pudieran relacionar al hecho. Al igual que en el resto de tratamientos de este tipo, en ninguno de los casos tratados se consiguió eliminar las conductas homosexuales.

La década de los setenta: Enmendar el error

En 1970, después de años de abusos y discriminación por parte de la sociedad y la comunidad médica, los activistas de la comunidad LGBTTTIQ+ tomaron medidas. Para reclamar sus derechos, irrumpieron en la convención de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría en San Francisco, exigiendo que se les permitiera expresar sus opiniones. Estas protestas no fueron ignoradas y en 1971 se celebró un panel centrado en los homosexuales.

En el panel de 1971, se pidió que la homosexualidad fuera eliminada del DSM, pues la estigmatización había causado daños físicos y emocionales a los miembros de la comunidad. Aunque su presencia en el panel provocó mucha polémica y desató un gran número de debates, el diagnóstico se mantuvo.

En la convención de 1973, el diagnóstico de homosexualidad fue nuevamente debatido. Sin embargo, en esta ocasión fue el comité de nomenclatura quien se encargó de definir qué era lo que constituía exactamente un trastorno mental. Se determinó que los trastornos mentales deberían definirse como aquellos que han causado regularmente angustia subjetiva o se han asociado con un deterioro generalizado en la eficacia del funcionamiento social.

De acuerdo con esa definición del término, se concluyó que la homosexualidad no debería continuar considerándose un trastorno mental, ya que por sí solo no causaba angustia a las personas ni se había demostrado que afectara el funcionamiento social. El 15 de diciembre de 1973, la Junta de fideicomisarios de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría eliminó oficialmente la homosexualidad del DSM.

Los ochenta: La década del virus y el estigma

Los logros en términos de visibilidad y respeto que había conseguido la comunidad LGBTTTIQ+ en los años setenta, se vieron rápidamente minimizados en la siguiente década. Un nuevo virus comenzó a infectar a decenas de los integrantes de esta comunidad, llegando a ser mortal para algunos. La inmunodeficiencia relacionada con los homosexuales (abreviado GRID en inglés), provocó que se aislara a este grupo del resto de la sociedad, pues eran vistos como portadores y responsables de una patología que no era exclusiva de su grupo.

Para 1982, en los medios de comunicación aparecían titulares como Nueva enfermedad de los homosexuales preocupa a los funcionarios de salud, haciendo de la orientación sexual un elemento diferenciador y minimizando la existencia de casos que se presentaban en las personas heterosexuales. Estos hechos contribuyeron a la subsistencia de las terapias que pretendían corregir la orientación sexual e identidad de género. Así, en la sociedad persistió la idea errónea de que la homosexualidad debía ser atendida médicamente.

Al final de la década, la comunidad de profesionales de la salud reconocería el daño cometido al designar la nueva patología y comenzaría a llamarla con los nombres con los que pasaría a la historia: VIH-SIDA.

En la siguiente parte: ¿Qué hizo la OMS para poner fin al debate sobre la patologización de la homosexualidad? ¿Cómo han evolucionado los esfuerzos para corregir la orientación sexual y la identidad de género desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días?

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