Mala Ciencia: cómo hacerla y cómo evitarla

En la actualidad la ciencia es considerada como un campo que ofrece certezas indiscutibles o verdades absolutas. Esto para muchas personas es casi como un dogma, de manera que todo lo que no pueda ser explicado a través del método científico, no es considerado como verdadero y por lo tanto no es tomado en cuenta. A lo largo de este ensayo veremos cómo esta idea ha influido en el desarrollo de la ciencia y de qué manera los prejuicios así como los intereses personales han ensuciado las investigaciones a lo largo de la historia. 

No obstante a través de varios ejemplos abordaremos las conductas poco profesionales de los científicos e investigadores contemporáneos, para de esta manera establecer sus responsabilidades éticas y morales, pues si bien la ciencia por si misma carece de un sentido del bien y el mal, nosotros como investigadores debemos guiar de alguna manera los descubrimientos científicos y tecnológicos hacia los senderos más positivos.  

Cabe aclarar que con este ensayo no se pretende de ninguna manera, desacreditar a la ciencia como un medio eficiente para explicar los fenómenos que ocurren en el mundo, al contrario lo que se pretende es mostrar que no solo la ciencia puede ofrecernos explicaciones validas a los fenómenos que el método científico por sí solo no pude abordar. 

Veamos

Si bien el tema central de este ensayo son las malas conductas que se producen dentro del ámbito científico, me es imposible iniciar este trabajo sin cuestionar un aspecto fundamental de la ciencia, el cual se refiere a su objetividad, además de analizar el grado de imparcialidad que se supondría debería tener quien la desarrolla. 

Se dice que los hombres y mujeres de ciencia son metódicos, imparciales que buscan siempre la verdad, y que por lo tanto, sus trabajos de investigación no se ven comprometidos por las opiniones personales o prejuicios que estos pudieran llegar a tener. Pero ¿realmente toda investigación científica es objetiva? ¿Todos los investigadores actúan bajo los mismos principios éticos y profesionales?  

Lamentablemente no toda investigación científica es objetiva al menos no totalmente, ya que las entidades encargadas de establecer los presupuestos y de financiar los trabajos dentro de las universidades y/o centros de investigación, dirigen sus recursos hacia ciertos temas, de manera que esperan resultados favorables para sus intereses. Así mismo cada uno de los investigadores encargados de desarrollar esos proyectos tiene sus propias ideas y opiniones que muchas veces no pueden dejar de lado, y como consecuencia terminan influyendo tanto en la toma de decisiones como en sus propios resultados. 

Es evidente que esto es un problema serio desde el punto de vista ético, sin embargo abarca muchos otras áreas, ya que si estas ideas y prejuicios trascienden el ámbito académico pueden llegar a influir tanto en la opinión pública como en las campañas políticas. No es necesario explicar a detalle las ideas racistas que sostenían algunos de los biólogos y antropólogos más importantes del siglo XIX y XX, para darnos cuenta del impacto que estas tuvieron dentro de la sociedad.  

De manera general estos investigadores pretendían demostrar a través de sus trabajos que existían razas superiores a otras. Por mencionar algunos ejemplos tenemos que Louis Agassiz (1807-1873), naturalista suizo, geólogo, paleontólogo y especialista en anatomía comparada, sostenía que las diferencias físicas, mentales y culturales de la raza negra con respecto a la raza blanca, se debían a que los primeros descendían de un ancestro diferente de estos últimos (Gould, 1981), y por este «hecho» la raza blanca era superior a la raza negra, lo cual causó que muchos de los partidarios de la desigualdad racial y el esclavismo justificaran su comportamiento a través de estos «argumentos científicos». 

Por otra parte Paul Broca quién fue un exitoso médico francés (1824-1880) con importantes aportaciones al campo de la neurología y psicología, sostuvo durante mucho tiempo la hipótesis de que el tamaño del cerebro influía directamente en la inteligencia de su propietario, y con la ayuda de Louis-Pierre Gratiolet (quién además de zoólogo era un monárquico imperista) pretendía confirmar la superioridad del hombre blanco europeo sobre el resto de las razas (Gould, 1983; Lewontin et al, 2003).  Esta hipótesis fortaleció la idea de que se podía medir con exactitud científica la inferioridad intelectual de la mujer, no es necesario ahondar más en el impacto que esto tuvo dentro de la sociedad europea. 

Si bien el tema de la determinación genética de la inteligencia es recurrente a lo largo la historia, quizá el caso más conocido sea el de Cyril Burt (1883-1971) un eminente psicólogo ingles con grandes aportaciones en el campo de la psicología educativa y la estadística. Burt influenciado por los trabajos de Spearman y Binet, estudió los posibles aspectos heredables del coeficiente intelectual gran parte de su vida, y en su afán de corroborar sus hipótesis falsificó una cantidad sorprendente de datos, entrevistas y nombres (Gould, 1983; Lewontin et al, 2003).  

Dentro de los errores y faltas que cometió en sus trabajos, podemos destacar los que corresponden a los aspectos metodológicos, ya que en ninguno de ellos se menciona el tamaño de muestra, ni de cómo, cuándo y dónde obtuvieron esos datos (Lewontin et al, 2003). A pesar de estas graves faltas de ética los resultados de Burt fueron presentados como verdades científicas, lo cual tuvo graves consecuencias en los programas educativos y en los posteriores test de inteligencia como predictores del éxito social. 

Afortunadamente la mayoría de estas ideas deterministas quedaron sepultadas con el surgimiento de nuevos métodos de investigación, así como de nuevas tecnologías que nos permitieron obtener resultados más preciosos. Sin embargo ahora nos enfrentamos a una serie de conflictos que han ocasionado que la nueva generación de científicos e investigadores, desarrollen en su práctica un comportamiento que podríamos considerar poco ético, con el fin de superar las exigencias diarias de su profesión. 

Para analizar a detalle estas conductas es necesario considerar uno de los aspectos más importantes del que hacer científico, que es la publicación de los resultados, ya que una vez generado el conocimiento es imprescindible compartirlo y una forma eficiente de hacerlo es a través de la publicación de artículos científicos (Ataie-Ashtiani, 2017). Esta etapa se ha vuelto crucial para la vida profesional de los investigadores, ya que si sus trabajos no logran ser publicados, sus resultados no serán tomados en cuenta y en consecuencia los presupuestos, así como las ofertas y la vinculación con otros laboratorios se ven seriamente afectadas (Panter, 2008).  Por esta razón es imprescindible que todo trabajo de investigación sea publicado, sin embargo la alta competencia entre académicos y los pocos recursos otorgados a la ciencia a nivel nacional, dificulta en gran medida el desarrollo de las investigaciones científicas. 

Esto repercute seriamente en la formación de los estudiantes de posgrado, que buscan egresar e incorporarse a las diferentes universidades o centros de investigación del país, ya que uno de los parámetros fundamentales para la selección de recursos humanos es la publicación de artículos científicos (Ataie-Ashtiani, 2017). Por lo tanto ya no es suficiente publicar un artículo (o tres) durante la formación científica para poder egresar con un currículum competitivo, es necesario entre muchas otras cosas un buen número de artículos publicados. 

No cabe duda que estas cuestiones generan un estrés adicional en los estudiantes de posgrado así como a los investigadores activos, lo que puede llegar a comprometer su objetividad. Para muestra una situación hipotética: después de un largo periodo en donde se analizaron cientos de muestras y se empleó una gran cantidad de recursos para el procesamiento de las mismas, por fin los resultados están listos para ser publicados. Sin embargo en el último momento surgen dudas sobre los aspectos metodológicos de la investigación que podría retrasarla o inclusive anularla, ya no es posible modificar el experimento, ¿qué debemos hacer? 

Quizá una respuesta obvia sería publicar los resultados pese a esta observación. Es evidente que en este caso, la visión objetiva del investigador se ve comprometida por sus intereses personales, ya que de no publicar sus resultados no tendría un mayor número de artículos, y en consecuencia su currículum sería poco competitivo con respecto a los demás egresados y/o investigadores activos (Panter, 2008). Además no cumplir con los objetivos planteados en el proyecto significaría perder ciertos beneficios, incluso la vinculación con otros laboratorios, así como los financiamientos otorgados por los mismos. 

Si bien esta actitud no se justifica de ninguna manera, es compartida por muchos estudiantes e investigadores, pues en mi opinión muchos de los trabajos que se realizan son abordados con la intención de alcanzar sus objetivos personales, y no con la finalidad de contribuir a un campo del conocimiento. Si bien es cierto que esto no se puede generalizar, me parece que con las dificultades explicadas anteriormente, estas actitudes pueden volverse más frecuente.  Así mismo creo que muchos de nosotros hemos estado (por lo menos una vez) más preocupados por publicar con la intención de tener un curriculum más atractivo, que por el simple hecho de contribuir a resolver alguno de los problemas que actualmente se investigan en nuestras áreas de especialidad.  

Por otra parte existen otros aspectos que si bien son conocidos en el ámbito académico, no son expresados abiertamente por la comunidad científica, los cuales se refieren a la autoría en las publicaciones científicas. Muchas veces puede existir tensión y malos entendidos al momento en el que se deciden los coautores que aparecerán en un artículo científico (Tariqur et al., 2017). En algunos laboratorios es de rigor que el jefe o líder aparezca siempre como primer autor, a pesar de que este haya tenido poca o nula participación durante el desarrollo del proyecto.   

Ahora bien, los estudiantes tampoco se quedan exentos de cometer estas faltas éticas, también es costumbre que en algunos grupos académicos se asigne al estudiante como primer autor en la publicación,  pese a que este no halla contribuido a la redacción de la misma. Quizá esta sea la menos “incorrecta” pues se puede llegar a justificar esta decisión argumentando que él, o ella fue quien redactó la tesis de donde se desprende la publicación, y por lo tanto le corresponde el derecho de aparecer en el artículo como primer autor.  

Entre otras cosas, usar partes de un texto o frases que pertenecen a otro autor sin darle crédito, se le considera como plagio y es algo que se ha vuelto recurrente en los últimos años (Panter, 2008). Si bien identificar el plagio es relativamente sencillo, es un poco más complicado distinguir de entre sus otras formas. Para mí fue una sorpresa saber que el uso de una ponencia o cartel en diferentes congresos es considerado también como plagio. Tal vez es más evidente considerar como plagio publicar un mismo trabajo en diferentes revistas.  

Finalmente y sin afán de justificar estas conductas de ninguna manera, considero que algunas de ellas son producto de las condiciones desfavorables en la que se encuentra la ciencia en México, ya que los recursos asignados a este campo son considerablemente reducidos en comparación con otras áreas. Así mismo el exceso de egresados de universidades y de instituciones educativas, así como la poca inserción laborar son factor para que estas y otras prácticas de poco valor éticas sean cada vez más recurrentes en el ámbito académico. 

Conclusión

Con respecto a la certeza absoluta de la ciencia, considero que esta no pude llegar a ofrecer nunca una descripción completa de la realidad, pues está limitada por sus marcos descriptivos y explicativos. Por tal motivo, las ideas de los biólogos y antropólogos de los cuales hemos hablado a lo largo de este ensayo, nunca debieron llegar a ser consideradas como verdades absolutas, ni por ellos mismos ni por sus contemporáneos. 

Para complementar esta idea tomemos como ejemplo un detector de metales. Este artefacto es un instrumento preciso para detectar objetos con estas características, sin embargo no podría llegar jamás a detectar objetos de diferentes materiales, lo cual no significa que en la realidad solo existan objetos metálicos y que los objetos de diferente composición no pueden ser detectados científicamente. 

Con base en esta idea podemos señalar que el modelo geocéntrico propuesto por Claudio Ptolomeo en el siglo II, es incorrecto no por el hecho de que no estuviera apegado a la realidad, sino porque los marcos conceptuales en los cuales fue desarrollado este modelo, estaban limitados por su contexto histórico y tecnológico. De no ser así, tendríamos que considerar a todos los hombres y mujeres de ciencia antes de nosotros como ignorantes (Olivé & Tamayo, 2012). 

Está claro entonces que la ciencia tiene ciertas limitaciones que debemos tomar en cuenta a la hora de analizar e interpretar nuestros resultados, por lo que no debemos suponer que la ciencia por si misma nos pueda llegar a ofrecer una respuesta absoluta a los fenómenos que acontecen en nuestra realidad, ni mucho menos justificar o intentar corroborar nuestros prejuicios y opiniones a través de ella. 

Podría parecer que estas explicaciones son muy simples y hasta un poco obvias, pero hay que recordar el impacto que tuvieron las ideas racistas dentro de las campañas políticas de los Estados Unidos y en gran parte de Europa. Sin embargo estos hechos no nos permiten desacreditar a la ciencia como un medio eficiente para conocer la realidad, ni mucho menos apoyar a las teorías absurdas como lo son el terraplanismo o las abducciones extraterrestres. Simplemente hay que reconocer que también el arte y la filosofía nos pueden dar explicaciones igualmente validas, de algunos de los fenómenos que la ciencia no puede explicar a través de su método científico. 

Por otra parte, los conceptos de objetividad e imparcialidad a los que nos referimos al hablar tanto de la ciencia como del científico, no podrían ser más subjetivos. Esto no quiere decir que todas las investigaciones estén comprometidas por los intereses  personales de quien las investiga, o de las instituciones que financian los proyectos, simplemente significa que no es posible separar del mundo y de sus emociones a quien la desarrolla. 

Los investigadores no son seres que pueden existir fuera de nuestra realidad, o del contexto histórico y sociocultural en el que se desarrollan. Siempre van a estar influenciados de alguna manera, aunque no por este hecho debemos restarles responsabilidad moral, pues la ciencia por sí sola no es buena o mala, lo positivo o negativo que exista en ella depende en gran medida del uso que le de la sociedad (Olivé & Tamayo, 2012). 

Por esta razón, toda investigación debe orientarse hacia sus consecuencias más positivas, dejando de lado los intereses personales o económicos de las empresas u organismos para los que trabajamos. Si bien la ciencia como hemos visto no puede llegar a ofrecernos certezas incuestionables, no significa que no debamos discutir acerca de cómo proceder ante los descubrimientos científicos y el desarrollo tecnológico. 

Para finalizar, me parece que es necesario generar ambientes favorables que nos permitan llegar a acuerdos más razonables, pero sobre todo ambientes en los cuales podamos ser transparentes en cuanto a las metodologías y procedimientos que empleamos, porque pese a que la ciencia carezca de un carácter positivo o negativo, las implicaciones o consecuencias de la aplicación de los saberes científicos y tecnológicos son un arma de doble filo que debemos saber usar sabiamente. 

Literatura citada 

Ataie-Ashtiani, B. (2017). World Map of Scientific Misconduct. Science and Engineering Ethics. https://doi.org/10.1007/s11948-017-9939-6

Gould, S. T. (1981). La falsa medida del hombre. Barcelona, España: Crítica.

Olivé, L., & Tamayo, R. P. (2012). Temas de ética y epistemología de la ciencia. Fondo de Cultura Economica.

Lewontin, R. C., Kamin, L. J., Mancera, J., Rose, S., & Torner, E. (2003). No está en los genes: racismo, genética e ideología. Crítica.  

Panter, M. (2008). In Your Own Words : Best Practices for Avoiding Plagiarism.

Tariqur, M., Mac, J., Lide, N., & Kassim, A. (2017). The need to quantify authors ’ relative intellectual contributions in a multi-author paper. Journal of Informetrics, 11(1), 275–281. https://doi.org/10.1016/j.joi.2017.01.002

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