¿Por qué nombramos a los cuerpos celestes?

Constelacion de Orion
Constelación de Orión. Fuente: instockphoto.com.

Cuando uno es padre, una de las cosas que se vienen a la mente es ¿cómo vamos a llamar al niño? Imagino que lo mismo pasa cuando los científicos descubren algo nuevo. Y es que un nombre da identidad, es una palabra poderosa.

Mucho de lo que hay en el planeta tiene un nombre (científico o genérico o normal). Un león es un león, un lobo es un lobo y Eduardo es Eduardo. No sabríamos qué onda con los nombres si no supiéramos de dónde vienen, o de su estructura etimológica, o cómo se ha derivado un nombre de algún lugar. Cuestión de semiótica y semántica, sin duda.

También, este reportero científico debe pensar que cuando se les acabaron a los hombres primitivos todas las plantas, animales y estructuras para nombrar, y decidieron dar un vistazo a los cielos, decidieron volver a usar el asombroso poder de las palabras para definir todo lo que se ven en el cielo: nubes, sol, luna, etcétera.

Pero no creo que eso bastase. El hombre, en su eterno afán de clasificar todo aquello que hay sobre, debajo y fuera de la Tierra, decidió hacer eso de una forma aún más profunda. Los nombres de dioses, héroes y demás fueron los elegidos para darle nombre a estrellas, constelaciones, planetas y satélites, tan sólo por existir en las alturas.

La astronomía es una ciencia que se ocupa de estudiar la totalidad de los cuerpos celestes del firmamento, tanto lo referente a su movimiento como a su posición, composición, origen y relaciones con otros cuerpos celestes. Lo que inició como una manera de comprender el mundo con base en la navegación, el clima y otras cosas importantes para el desarrollo de las ciencias, con el paso de los siglos se volvió no sólo una importante disciplina científica, sino también un estilo de vida para profesionales y amateurs por igual.

Hans
Hans Lippershey. Foto: http://philosophyofscienceportal.blogspot.com.

La invención de la brújula, las cartas de navegación, el seguimiento de la estrella polar, el catalejo y, con mucha más precisión, la del telescopio, hicieron que la astronomía creciera. Así, grandes hombres, como Hans Lippershey (verdadero creador del instrumento, pero que se puso en boga gracias a Galileo Galilei), pudieran ver más allá de lo que percibimos en el cielo a simple vista.

Cuando se logró esto y se vieron los cuerpos celestes con mayor detalle, el hombre no podía dejar de lado la oportunidad de catalogar con un nombre lo que vio. Usando los nombres de dioses y hombres, los astrónomos lograron poner en el horizonte de la ciencia un universo que recién se estaba descubriendo, y del cual sólo se conocían estrellas y planetas.

De nueva cuenta, los nombres dieron identidad y pertenencia a lo encontrado por el carácter curioso del ser humano, esa necesidad de encontrarle el sentido a lo que no se conoce, para luego poder agregarlo a su conocimiento general.

Sí, señor… Los nombres son algo poderoso. No sólo definen una identidad o sirven para poder nombrar, sino que además nos dan la certeza de que las cosas están ahí.

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