El oficio de la muerte: Los resurreccionistas

Era el siglo XIX. Las escuelas de anatomía se popularizaban en el mundo y la falta de material humano para diseccionar se estaba transformando en un problema. Entonces, un grupo de hombres y mujeres decidirían emprender un negocio que pondría en duda la moralidad de la época: la venta e intercambio de cuerpos.

La ley de los cuerpos

Si bien es cierto que el robo de cuerpos fue una actividad observada en varios países del mundo, fue en Gran Bretaña donde encontró su mayor mercado. Tres eventos separados a lo largo de la historia de este país moldearon la dinámica que esta actividad jugaría en los años venideros, permitiendo a sus practicantes encontrar un hueco dentro de la legalidad que no penaba, inicialmente, su puesta en marcha.

El primer evento ocurrió en 1541, cuando se estableció una subvención que estipulaba el derecho de la Real Compañía de Barberos y Cirujanos (Royal Company of Barbers and Surgeons) para que pudieran diseccionar anualmente a cuatro delincuentes ejecutados. Este hecho supuso canales restrictivos para la oferta de cadáveres y creó la imagen social de la disección como una práctica denigrante que se realizaba a las personas que eran considerados marginados de la sociedad.

El segundo hecho se produjo en 1751, cuando el rey Jorge II estableció la ley de asesinato (murder act), con la cual pretendía disminuir el número de asesinatos que ocurrían en los territorios bajo su dominio. En esta ley se establecía que toda persona que fuera acusada de homicidio sería ejecutada y que su cuerpo sería entregado a la compañía de cirujanos o cualquier sitio que esta designara para poder ser diseccionado y anatomizado por el personal competente.

El tercer suceso tiene un origen más complejo y se relaciona con el sentido de propiedad de los cadáveres. En 1644 se establecía que el entierro de los cadáveres era un asunto que concernía al mundo eclesiástico. Esto influyó en el juicio de R. v. Lynn, que se llevó a cabo ante la corte de King’s Bench por el desentierro de un cuerpo con fines de disección. En este juicio se falló a favor de que el desentierro de cadáveres no se interpretara como robo, en el sentido de que el cuerpo no tenía valor como propiedad.

En consecuencia, se dispuso que se tipificara el delito como un delito menor punible con una multa y, a discreción del tribunal, con un breve período de prisión. Transformar el desentierro de cuerpos en un delito menor terminaba de cimentar el camino para el nacimiento de un nuevo oficio: el intercambio de cuerpos.

Desenterrando el conocimiento

En los primeros años del siglo XIX, el comercio alrededor de la muerte se había transformado en un negocio lucrativo. La privacidad y comodidad de los muertos se habían vuelto objetos de consumo habituales y los entonces nuevos ataúdes de plomo, patentados en 1817, se estaban popularizado.

Mientras tanto, la medicina entraba en una era de evolución en la que el dominio de la anatomía se volvía básico para todo aquel que quisiera profesionalizarse en el área. Pese a ello, los insumos seguían siendo limitados, obligando a los profesores a preparar excursiones nocturnas con sus estudiantes para exhumar cadáveres.

La pobreza era también común denominador en Gran Bretaña y las oportunidades eran escasas. Entonces, el desentierro de cuerpos para su venta se transformaba en un negocio aunque riesgoso, rentable, que podía fácilmente generar hasta 25 libras esterlinas por cuerpo para quien lo practicaba.

Dado que la refrigeración era casi inexistente en la época y vista la creciente necesidad de cuerpos frescos, la labor de los resurreccionistas suponía un doble riesgo; debían hacer su trabajo rápidamente, por las noches y en equipos.

Los ladrones identificaban los montículos oscuros de tierra recién removida y obtenían acceso a la tumba, valiéndose de diversos métodos para hacerse con el cadáver. Sin embargo, dado el temor de las familias a que sus difuntos fueran objeto de esta práctica, muchos evitaban colocar lápidas de piedra en las primeras semanas. Con esta práctica pretendían disuadir las miradas y permitir la descomposición del cuerpo. Si este era encontrado en fases avanzadas, ya no representaría un interés comercial para los resurreccionistas.

A pesar de los esfuerzos de los deudos, los ladrones eran astutos. En ocasiones enviaban conspiradores femeninos para espiar los funerales, con la intención de explorar la ubicación subterránea exacta del ataúd e informar sobre la mejor manera de recuperar el cuerpo. Estas acciones ocasionaron que algunas familias pagaran a un guardián para que vigilara las instalaciones mortuorias hasta que el cuerpo comenzara a descomponerse.

Eran entonces los difuntos de las familias pobres los que tenían los peores destinos y que suponían a su vez el negocio más rentable para los resurreccionistas. Como estos cadáveres se ubicaban en una fosa común, sus ataúdes se apilaban juntos en un gran agujero y se dejaban en su mayoría sin supervisión, volviéndose una fuente de fácil acceso para quienes comerciaban con sus cuerpos.

Del oficio al crimen: El caso de Burke y Hare

Burke y Hare cometiendo el crimen. Imagen de: Berfrois

Entre diciembre de 1827 y octubre de 1828 dos hombres, responsables de un pequeño hotel en el barrio de West Port, pasarían a la historia por cometer una serie de asesinatos con el objeto de vender los cuerpos de sus víctimas a las escuelas de medicina de la localidad.

Todo comenzó como un accidente. Una noche de diciembre de 1827, un hombre de bajos recursos de nombre Joseph falleció al interior de una de las habitaciones del hotel de William Hare. Al ser encontrado muerto por la esposa del dueño y al percatarse ambos de que este no tenía una libra en la bolsa, decidieron vender el cuerpo a la academia privada de anatomía del doctor Roland Knox. Ahí, sus asistentes les pagaron poco más de siete libras por el cadáver, sin hacer averiguaciones sobre cómo había sido obtenido.

En los meses siguientes, William Hare se aliaría con uno de sus amigos, William Burke, para hacerse de más cadáveres y comerciar con las escuelas de medicina. Así, la noche del 12 de febrero de 1827, asesinarían a Abigail Simpson, huésped en el hotel de Hare, obligándola a beber hasta quedar en coma para después asfixiarla. Los asesinos repetirían el mismo modus operandi, llegando a cometer 16 crímenes antes de ser descubiertos. Al final, Burke confesaría los crímenes y sería condenado a muerte.

Tras el escándalo que supuso el caso de Burke y Hare, en 1832 se publicó la ley de anatomía (the anatomy act). En ella se establecía que, dada la importancia de conocer la estructura humana para entender y tratar las enfermedades que afectan el cuerpo, debía entregarse una licencia para practicar la anatomía a cualquier persona legalmente calificada.

Esta ley también declaraba que sería lícito que cualquier sujeto que tuviera posesión legal del cuerpo de una persona fallecida pudiera permitir que el cadáver se sometiera a un examen anatómico. Solo se prohibía esto cuando dicha persona hubiese expresado su voluntad, por escrito o verbalmente, de que su cuerpo no se sometiera a dicho examen. Con la publicación de esta ley se creaban nuevos caminos para el estudio de la anatomía humana y se cerraban las puertas a la venta de cuerpos.

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